En el nombre de Dios. El Clemente. El Misericordioso
Relatos desde Eneadanza: Las Danzas Sufíes para el Cambio.
Parece que el tiempo está mejorando, el viento del cercano desierto nos trae murmullos de viejas caravanas perdidas, de lamentos olvidados de los espíritus que vagan en las noches profundas en las vastas planicies de arena, llega el calor y, es como si se despertaran de golpe los que reclaman un lugar en la atención de los vivos, aquellos que nos dicen que mientras haya un soplo de vida hay que vivirlo como si fuera el último.
Nosotros continuamos reparando con pequeñas obras de albañilería aquellos desperfectos que se han ido produciendo a lo largo del tiempo en nuestro entrañable caravasar, nos reunimos al atardecer después de abluciones y rezos para reconfortar nuestros espíritus pronunciando cualquiera de los 99 Bellísimos Nombres de Al-lah, nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro espíritu están en paz, y deseamos que esa sensación compasiva, se extienda a todos los rincones más próximos a nosotros, pues si otras almas caritativas reciben ese mensaje, ellas a su vez lo extenderán hacia otras latitudes y así hasta que todo el universo sea una sola oración, ¡que sea la voluntad de Al-lah! Y que a nosotros nos siga llegando su protección.
Traemos aquí hoy una vieja historia que nos relataron hace mucho, muchísimo tiempo y que casi habíamos olvidado, pues basta que algo nos haga reflexionar sobre donde estamos o nos encontramos, para que nos resulte tremendamente difícil saber, que orilla del camino es la más beneficiosa, y, nuestra historia comienza así:
“Hallábase nuestro mulah Nasrudín, descansando plácidamente a la orilla de un río, cuando, desde la otra orilla, un hombre le gritó:
- ¿Qué he de hacer para ir a la otra orilla?
- No hace falta que haga nada – le respondió Nasrudín – usted ya está en la otra orilla”.
Un fuerte abrazo desde Eneadanza: Las Danzas Sufíes para el Cambio.

